LENGUAJE MUERTO

22/07/2026

El idioma inglés, entendido en su variante que llamaremos inglés-mudo, no es el mismo idioma que podríamos usar para conversar con un nativo o como herramienta de consulta. El inglés-mudo (y no mundo) es una lengua artificial y controlada, que se basa en parasitar los otros idiomas, absorber las culturas, destruirlas, y luego exhibir los remanentes esqueléticos en el tablero de la conversación global. Es la lengua del buen extranjero, el tercermundista educado que se presenta ante la mirada atenta del honorable europeo. No es un idioma para realmente decir nada, sino más bien para indicar una transferencia unidireccional. Aquellas naciones, que nos saquean diariamente e instalan gobiernos de ocupación en toda la región, promueven esta variante del inglés para domesticar nuestras discusiones, universidades, centros de investigación, editoriales, y progreso científico. Es el idioma que se habla cuando un argentino quiere indicarle a un gringo el eslogan obligatorio de "nuestro país es prácticamente un país europeo". En cualquier sitio, en cualquier cajita de comentarios, por supuesto en todas las redes y plataformas, reconoceremos a los subalternos, idénticos a nosotros, expresándose en esta variante del inglés. Se trata de agregar una pequeña etiqueta que reza "aquí se encuentra un buen hijo de las colonias", y de esta manera, se simula una comunicación de igual a igual con los vecinos del norte civilizado.

Entonces, en el corazón del imperio, alguien despliega una bandera con una inscripción en nuestro idioma criollo, y los dispositivos de control de daños se activan de inmediato. La vocación de una colonia es únicamente la de proveer materias primas para quienes vendrán a educarnos sobre los modos correctos de emplear nuestro imperfecto idioma. Un reclamo soberano, en español rioplatense, llamando a las Islas por su verdadero nombre, no puede ser tolerado. Y SIN EMBARGO la bandera consiste en cuatro palabras sobre una tela precaria, clandestina, ingresada por lo bajo hacia el lugar donde las manifestaciones que no fueran en inglés-mudo estaban prohibidas. Un ruido ensordecedor, que todavía no pudo ser filtrado. Hay que reconocer que los piratas agotaron todos los modos posibles para neutralizar y orientar el discurso: desviaron el debate por el lado racial, geográfico, histórico, nos llamaron opresores, invasores. Pero la bandera posee una belleza material y una simpleza tal que esquivan todos los dispositivos de disciplinamiento. Porque lo que dice el trapo no es más ni menos que LAS MALVINAS SON ARGENTINAS, y el mundo se enteró entonces que los subalternos hablamos un idioma opaco e intraducible, no sólo por lo irreverente del lenguaje de los argentinos, sino porque cuatro palabras son suficientes para resumir la dimensión total de nuestra existencia geográfica y simbólica. Cada quien podría usar el traductor automático para llevar el mensaje de la bandera a su idioma, pero lo único que recibirá responde en mayor o menor medida al alineamiento geopolítico de su país de origen. Así, hasta la causa más noble se vuelve domesticable si tiene que recurrir al inglés-mudo, pero las cuatro palabras sagradas de la bandera son intraducibles.

Como el resto de la América que no posee el inglés como lengua oficial, nuestra cultura es externamente consumida desde la lente de lo exótico. Nuestra academia colonizada trabaja y contribuye a esas categorías ajenas, que funcionan para fraccionar y comerciar nuestra identidad de acuerdo a los estándares transparentes del inglés-mudo. En la periferia todavía disponemos de nuestra propias palabras, y la mejor propuesta es una contaminación inversa, una invasión silenciosa en los canales de comunicación hegemónicos. Que se impregnen de nuestra manera de hablar, nuestros acentos y, por lo tanto, de nuestra cosmovisión. El español criollo tiene que surgir en donde únicamente se permite el inglés. Hay que dejar de pretender sonar como nativos angloparlantes. Pretender nuestra validación mediante un idioma que sólo permite la comunicación undireccional es imposible. No me refiero al inglés como herramienta de consulta (que sí podríamos llamar inglés-mundo), a su tradición literaria, o al que usamos para conversar en canales cerrados. Lo que estoy señalando acá es el desprecio a esa variante de inglés-mudo que se digita desde y para las redes, que colapsa cuando se muestra la bandera irreverente de la revindicación territorial que el imperio civilizado obra por censurar. Resultará más productivo y hasta poético apropiarse de esa forma vulgar y rígida del inglés, y de deformarla hasta el absurdo: no hay mucho más que se pueda hacer con una lengua controlada. Hablar como los gringos quieren que hablemos parecía ser el único parámetro de legimitación, pero ahora sabemos que lo que buscan es que dejemos de entendernos entre semejantes. Cuando hayamos terminado la conversión y seamos gringos de segunda clase, ya no vamos a tener más palabras para señalar a lo que es nuestro.